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SUCEDIDOS ORDIZIANOS

Escrito en 1979 Tamponée

Buen humor y sana alegría rezuman las anécdotas que a continuación transcribimos y que debemos a la pluma de don Domingo Jauregui, quien desde su farmacia ha asistido a multitud de escenas de la pequeña historia de nuestro pueblo guardando en su memoria toda una serie de situaciones jocosas que recordándolas nos hacen ver el lado bueno de la vida. Como él mismo ha dicho “todo es más o menos bueno, si hay un poco de buena voluntad”.

 

Un día de Viernes Santo, a eso del mediodía llegó a casa el simpático bonachón de “Nicasio”, jadeante, por querer hacer pronto el encargo que le encomendaron las señoritas que, en la Parroquia, estaban preparando las pasos para la procesión de la tarde.

  • ¡Oye, me han dicho que me dé una caravera!” (¿)
  • ¡Una caravera!. Te habrán dicho una “carabaña”, le respondí yo, pensando en la famosa purga.
  • ¡Si!... eso… me contestó el popular “Nicasio”.

Le dí la botella y corriendo marchó a la Parroquia, a entregarles el encargo a las señoritas.

  • Ya traes… le preguntaron.
  • Si, aquí está, contestó, “Nicasio”, y sacó su “carabaña”.
  • ¡Pero “Nicasio”!, ¡Si el encargo era para Pilatos!. Lo que deseamos es una cañavera (caña) para ponerle en la mano, como signo de autoridad.

 

Recuerdo un hecho acaecido a mi difunto (q.e.p.d.) que, aunque algo perfumado, no deja de tener su “sabrosa” gracia.

Una persona recibió del unos favores… y una buena tarde del otoño octubrino, desde la ventana de la “rebotica”, vio acercarse a casa una salerosa mujer, con un gran paquete cogido entre las manos.

  • ¡Vaya! pensó, esa pobre mujer me trae un obsequio, acordándose de los excelentes “mondejus” que en esa época se saborean… Y, efectivamente, la buena mujer entró en la farmacia y le entregó el gran paquete, al mismo tiempo que decía:
  • - ¡Don José!... Por favor, analice esto, pues no debo estar nada bien.
  • El miedo que mostraba la buena mujer estaba en paragón con el aroma del paquete, que tenía un fuerte “perfume” que dejaba pálida la faz.

 

Fue también muy celebrado en la tertulia otro verdadero sucedido ocurrido en nuestra vida profesional.

Era yo accidentalmente, alcalde de la villa, por ocasión de que el propietario disfrutaba de unas vacaciones veraniegas y, como siempre, una mañana recibí el parte originar que los serenos de servicio comunicaban por conducto de su jefe al alcalde. El firmante del parte era un gracioso y popular sereno, que de todo corazón le deseo goce de la Gloria Celestial su ganado descanso. Y el parte de novedades, literalmente copiado, decía lo siguiente:

A eso de la 7 se me ha salido la señora marquesa diciendo que los caseros ponen los burros donde siempre o sea en el trasero de la señora marquesa, a ver si quitamos esa… costumbre que tienen los caseros.

 

Y ya que era tan gracioso, a este simpático municipal, le sucedió que encontrándose en la “calle Marqués de argüeso”, frente a la plaza cubierta, de servicio, la mañana que se esperaba el paso del Conde Ciano, observando los últimos toques al colosal adorno que vistió al pueblo en tan memorable fecha, saboreaba su impecable pitillo que describía rápidos desplazamientos desde un extremo a otro de su boca, a la vez que estiraba su flamante nueva corbata azul, igual que su nuevo uniforme y enderezaba su su impecable gorro de plato que en su frente ostentaba el escudo de la villa, con una sobresaliente torre plateada. En uno de estos momentos, caballero en su motocicleta, llegó a un apuesto teniente de Ingenieros, que parándose delante del municipal y extrañado de los juegos malabares que hacía con su pitillo en los labios, le saludó y le preguntó:

  • Oiga, ¡vaya elegante que han puesto Vds. esto!
  • ¡Ya lo creo!, le comentó nuestro popular hombre.
  • Y, a propósito… le volvió a interpelar el teniente, Vd. y yo debemos pertenecer al mismo cuerpo, porque ¿ve este castillo que llevo en la solapa?, es como el que lleva Vd. en el gorro.

Soltando una estrepitosa carcajada el bueno de A., le contestó:

  • ¡Demonio! ¡Tonto! ¡Si eso es el “pigura” del pueblo!

 

Todo era buen humor en nuestra tertulia y, hace muchos años, hasta dio lugar a construir una originalísima asociación sanitaria, popular y voluntaria, cuyos asociados, repartidos por medio mundo y en todas las categorías, se acuerdan algunas veces de sus buenos ratos tertulianos y, uno de estos, residente en la actualidad en el extranjero, hace medio año me mandó un sucedido, allí donde se encuentra, que lo transcribo íntegro:

“COSAS DE LA RUBIA A”.- Una pareja de recién casados ve una casa en el campo y decide comprarla, pero, después de haberla visto por dentro, no recuerdan que tuviera W.C. entonces, decide escribir al vicario (protestante) que es el que les ha mostrado la casa, preguntándole que donde se encuentra ese lugar. El vicario, que desconoce el término “W.C.”, cree que se refieren a la “Wesleyan Chapel” (capilla Wesleyan, protestante).

“Querida señora y querido señor. Lamento profundamente mi tardanza en contestarle. El servicio más cercano, dentro de éste área, se encuentra a siete millas de su casa; es algo modesto; si Vds. tienen costumbre de ir con regularidad, les agradará saber que mucha gente toma allí su almuerzo y permanece en el lugar todo el día. A propósito, puede alojar a trescientas personas sentadas y el Comité a decidido instalar asientos de terciopelo, para mayor comodidad. Los que disponen de tiempo suficiente van andando, otros van en tren y llegan justamente a tiempo. La última vez que estuvo mi esposa fue hace diez años, y se vio obligada a permanecer de pié todo el tiempo. Yo no voy nunca. Hay facilidades especiales para las señoras que acuden con niños, a cuales sientas juntos y cantan durante el acto.

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